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Situación
Desde sus inicios, para las Naciones Unidas la preocupación por la infancia ha sido central,
siendo la Convención sobre los Derechos del Niño el principal instrumento para reivindicar sus
derechos. A su vez, la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación
Contra la Mujer y la Plataforma de Acción de Beijing han avanzado en el reconocimiento de
las necesidades de las niñas y la defensa de sus derechos.
Los indicadores muestran que en muchos países existe discriminación contra las niñas desde
el nacimiento. En algunas partes del mundo, el número de hombres excede el de mujeres
en un 5% debido a: el infanticidio femenino, la violencia de género, la explotación sexual,
la discriminación contra las niñas en las raciones alimentarias, la mutilación genital
y otras prácticas que afectan a su salud y bienestar, haciéndolas, por ejemplo, más vulnerables
ante el SIDA.
En el mundo en desarrollo, aproximadamente 72 millones de niños y niñas, de entre los 7 y los
18 años, no reciben educación de ningún tipo y es un 60% más probable que sean niñas y no niños,
quienes formen parte de ese grupo. La disparidad de la educación por razón de género la sufren
todas, pero es mucho mayor entre quienes viven en la pobreza (17%) que entre las que viven por
encima del umbral de ésta (5%). Es más probable que sean las niñas pobres las que padezcan
privación de alimentos, agua potable, servicios de sanidad, vivienda o información, sufriendo
así una doble discriminación de género y de pobreza.
En muchos casos, las niñas deben realizar labores domésticas pesadas a una edad muy temprana
a la vez que van a la escuela, lo que revierte en un bajo rendimiento en los estudios y su
abandono precoz. Igualmente, no suele alentarse ni dar oportunidades a las niñas a seguir
estudios científicos o tecnológicos. En consecuencia, se las estimula menos a participar en
las funciones sociales, económicas y políticas de la sociedad, por lo que no tienen las mismas
oportunidades de acceder a los procesos de toma de decisiones que los niños.
La educación sexual y el acceso a programas sobre prevención de embarazos precoces es una
demanda aún insatisfecha, que demuestra un claro sesgo de género. Las adolescentes sufren
los efectos de la maternidad temprana mucho más que sus pares hombres, llevando el peso social,
económico y de salud que éste supone. Los embarazos adolescentes pueden reducir gravemente las
oportunidades educativas y la autonomía de las jóvenes, lo que afectará negativamente su
calidad de vida.
Habitualmente, las niñas reciben de su entorno familiar, social y de los medios de comunicación
mensajes contradictorios en cuanto al papel que les toca desempeñar. Suelen ser consideradas
inferiores, lo que tiene efectos graves en su autoestima y les dificulta superar los estereotipos
que la sociedad tiene de ellas y de las mujeres que deberían ser.
Las niñas en situaciones de vulnerabilidad, como las discapacitadas, las desplazadas,
las niñas de la calle, las que viven en zonas de conflicto y las que pertenecen a etnias
minoritarias, suman a su discriminación de género otras barreras que dificultan su acceso
en condiciones de igualdad a todos sus derechos.
En vista de la vulneración de los derechos de millones de niñas, resulta evidente que se
necesita un cambio en muchas esferas y no se logrará simplemente mediante campañas de
matriculación o de prevención en salud. Analizar la situación de las niñas es de vital
importancia puesto que un acceso desigual a las oportunidades no sólo afecta el bienestar
y los derechos de la niñez, sino que pone en riesgo sus futuras posibilidades como mujeres adultas.
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