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Situación
La educación es un derecho humano y constituye un requisito indispensable para lograr los objetivos
de la igualdad, el desarrollo y la paz. La unanimidad internacional sobre este derecho se ha ido
consolidando en las Cumbres Internacionales de Naciones Unidas a lo largo de los últimos 50 años,
donde se señala la educación como una herramienta para acometer los grandes desafíos de la humanidad.
El lema Educación Para Todos, acuñado en la Conferencia Mundial sobre Educación (Jomtien, 1990) es un
referente a nivel nacional e internacional y ha guiado, a través de sus directrices, las estrategias
para alcanzar este derecho, incluidas tanto en la Plataforma de Acción de Beijing como en los Objetivos
del Milenio (objetivos 2 y 3).
La inversión en educación y capacitación formal y no formal de las niñas y
las mujeres tiene importantes repercusiones para su desarrollo: El acceso a
la educación les permite ser más autónomas y aumentar sus recursos de cara a
su futuro y el de sus sociedades. Es una herramienta indispensable para que
se conviertan en agentes de cambio y mejora su posición para participar en la
toma de decisiones en la sociedad. Sin embargo, en muchos países los recursos
que se asignan a la educación de niñas y mujeres son insuficientes, y en
algunos casos, se han reducido aún más en el contexto de políticas y programas
de ajuste. Dicha insuficiencia en la asignación de recursos es un obstáculo
para el desarrollo humano y el ejercicio de los derechos de las mujeres.
En 2005, aproximadamente 72 millones de niños en edad de educación primaria
estaban sin matricular, siendo un 57% de ellos niñas; ese mismo año, otros
datos indican que sólo alrededor de un tercio de los países alcanzaron el objetivo
de la paridad entre sexos en la enseñanza primaria y la secundaria, y sólo 89
mujeres por cada cien hombres están alfabetizadas. La mayoría de los datos indican
cierta mejora en la situación general en los últimos diez años, sin embargo, se
observa que las disparidades regionales se mantienen y que en las poblaciones
indígenas o de minorías étnicas, así como en zonas rurales o pobres urbanas,
los avances son escasos y no han sido significativos para las niñas y las mujeres.
En los últimos años, los esfuerzos internacionales se han centrado principalmente en el acceso
a la educación primaria de las niñas y poco se ha hecho referente a su permanencia en
el sistema educativo. Así, un 63% de los países a nivel mundial ha logrado la paridad
en la escuela primaria, mientras en la educación secundaria lo han conseguido un 37% y
un escaso 3% en la superior.
El abandono del sistema educativo por parte de niñas y adolescentes se debe por un lado
a los roles culturales asignados a ellas, por ejemplo responsabilidades domésticas,
matrimonios a temprana edad, embarazos no deseados, acoso sexual, que socavan su autoestima
y repercuten en su rendimiento académico; y por otro, a que muchos de los contenidos de los
programas y de los modelos y materiales de aprendizaje contribuyen a la permanencia de
estereotipos que no reflejan la realidad de las niñas y mujeres y rara vez atienden a sus
necesidades especiales.
Aun hoy, siguen persistiendo carreras u orientaciones profesionales en los que permanece
la división tradicional por roles, donde predomina mayoritariamente el alumnado de uno u
otro sexo, y no se han incorporado los cambios cualitativos necesarios para integrar la
experiencia y los conocimientos de las mujeres en el proceso educativo. Para que la
educación sea factor de cambio de la actual situación de desigualdad entre hombres y
mujeres, es necesario mucho más que asegurar el derecho a la educación de niñas y mujeres.
Se necesita una transformación del sistema educativo y de la concepción de educación a
través de una mayor participación de las mujeres en los ámbitos de la investigación y
en la toma de decisiones educativas y culturales.
Suprimir las disparidades entre los géneros en la enseñanza primaria y secundaria y lograr para 2015 la igualdad entre los géneros en la educación, en particular
garantizando a las niñas un acceso pleno y equitativo a una educación básica de buena calidad,
con iguales posibilidades de obtener buenos resultados, es un buen comienzo para alcanzar la
igualdad. Pero hay más; el sistema educativo debe contribuir a superar las limitaciones
estereotipadas de los roles de género, permitiendo un desarrollo más equilibrado y el acceso a
las mismas oportunidades, ayudando a construir relaciones entre los sexos basadas en el respeto
y la corresponsabilidad e impulsando la participación de mujeres y hombres en todos los espacios
de la sociedad.
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